Humanidad

“La economía de la empatía”

“La economía de la empatía”

 

El expresidente de Bancolombia Carlos Raúl Yepes, hoy retirado del quehacer diario del mundo financiero, les propone a los empresarios colombianos otra forma de ayudar a la sociedad desde sus compañías. Lo hace desde su libro “Por otro camino. De regreso a lo humano” (Aguilar).

Carlos Raúl Yepes en tiempos de Bancolombia. / Bloomberg

 

En 2014 conocí a Jay Rao, profesor de estrategia, innovación y tecnología en Babson College en Estados Unidos. Antes nos habíamos escrito por correo electrónico en varias oportunidades, pues él seguía con interés lo que hacíamos en nuestra organización debido a que un funcionario del banco estaba realizando estudios en esa universidad y lo había puesto en antecedentes al elaborar un caso de estudio. Según el profesor Rao, le parecía atractivo lo que hacíamos, principalmente nuestro nivel de conexión y nuestras relaciones con los diferentes actores en el entorno.

Si bien es cierto que la sociedad espera mucho de actores como la Iglesia, el Estado o las Fuerzas Militares, apenas está comprendiendo que las empresas privadas deben tener altos estándares de exigencia y se les debe pedir un fuerte compromiso en todo su ecosistema de actuación y su marco de acción. A esto, me dijo, se le denomina “la economía de la empatía”, un término precioso que implica la comprensión y el respeto por el otro. Cada vez más las sociedades cuestionan la manera en las que empresas obtienen sus ganancias, en qué las invierten y cuál es su rol como actores sociales.

Hace unos años leí un artículo sobre los dueños de la compañía brasileña de cosméticos Natura. Ellos siempre han sido unos abanderados en América Latina frente al rol de las empresas, y decían una frase que cito con frecuencia y que apliqué en mi trabajo: “No se trata de ver cómo se reparten las utilidades, sino cómo se obtienen”. Es decir, no sólo es cuestión de preguntar cuánto nos ganamos, sino por qué nos lo ganamos. Esta frase es la conclusión a la que llegaron después de aplicar una encuesta en la que se preguntaban qué era lo que la gente más valoraba de una empresa. Más allá de la calidad de sus productos o el precio, lo que más apreciaban eran los comportamientos éticos, la solidaridad, la conexión con la sociedad, el respeto por las personas y el medioambiente, entre otros factores.

Cuidar el medioambiente es una responsabilidad individual y colectiva. El teólogo brasileño Leonardo Boff reflexiona en su libro El cuidado esencial sobre la relación del hombre con el medio ambiente. En la empresa esa relación debe ser muy cuidadosa para disminuir el uso de energía, la huella de carbono, la disposición de los residuos o el gasto del agua. Es así que, cuando nos referíamos a las consideraciones sobre el impacto social de nuestras decisiones, íbamos más allá de una fundación. La gran pregunta aquí no es qué hacemos en responsabilidad social, sino cómo le respondemos nosotros a la sociedad.

Recuerdo que, apenas comenzando con mi nueva función, me invitaron a la asamblea de la ANIF (Asociación Nacional de Instituciones Financieras). Participaría en un panel donde se iba a hablar de las claves del éxito de las adquisiciones en el exterior y sus procesos de expansión. Tenía una presentación técnica, bien realizada por el equipo de apoyo. La noche anterior, mientras la revisaba, me pareció tremendamente especializada y, de alguna manera, fría y distante. Le estaba diciendo al mundo que éramos una empresa exitosa porque comprábamos, porque adquiríamos, porque hacíamos dinero. La pregunta no era cómo crecían los bancos, sino cómo nos asegurábamos de que su crecimiento fuera sostenible a lo largo de los años cómo podíamos continuar creciendo sin depender de las crisis o de los vaivenes del mundo empresarial. Cómo era que habíamos sido el banco de nuestros abuelos, de nuestros padres y —queríamos que en el futuro— de nuestros hijos y nietos. La respuesta era el compromiso con la sociedad. Esa mañana, mientras desayunaba, anoté en un papelito lo que realmente quería decir frente a la audiencia, y con eso me fui a parar frente a 600 personas.

Les dije que no podíamos salir a hablar del éxito de nuestras fusiones y adquisiciones —y que incluso desapareceríamos— si no hablábamos de las “5 R’s”:

1. Respeto: por la sociedad, por los clientes, por y entre los empleados, con las autoridades. Cada actividad de la vida debe estar basada en el respeto y en la confianza para que esté bien cimentada. De lo contrario, cualquier estructura puede fallar.

2. Riesgos: si nosotros somos irresponsables y no cuidamos lo que tenemos, la sociedad entera sufre. ¿Qué le ocurre a nuestro entorno cuando se quiebra una institución financiera? ¿Qué le pasa a un jubilado si su entidad invierte su dinero en lo que no debe y lo pierde? Nuestra responsabilidad, nuestro manejo del riesgo, debe ser cuidadoso en extremo, porque la sociedad depende de ello y nosotros también. Y a mejor manejo del riesgo, más confianza de nuestro entorno y de nuestras autoridades. Este es un llamado a identificar los riesgos a los que nos sometemos, las presiones que tenemos, la forma como los anticipamos, las soluciones que tenemos para evitar que se materialicen, en general una gestión integral basada en la responsabilidad y la prudencia.

3. Reputación: la reputación y la credibilidad son los activos más valiosos de una persona y, por extensión, de una empresa. Si actuamos mal frente a la sociedad, nuestra reputación se lesiona, nuestra confianza decae y no podremos ser sostenibles en el futuro. Dependemos de que la sociedad crea en nosotros, en nuestras actuaciones, en la veracidad de nuestras palabras. Me sorprende que en los últimos años grandes instituciones financieras del mundo hayan sido multadas por su mal proceder o su comportamiento indebido y antiético en los mercados, y que de parte de ellos no haya habido un solo acto de contrición o arrepentimiento sincero ofreciendo disculpas a la sociedad por sus actuaciones. Se limitan tal vez a un breve y escueto comunicado donde señalan que han sido multados, pero que esa multa, cuantiosa por demás, “no afecta la solidez” de sus estados financieros. Puede que no los afecte, es cierto, pero la solidez moral sí que la afecta. Y una vez perdida la reputación es difícil recuperarla, pues la confianza y la credibilidad se ganan en toda una vida y se pierden en un segundo. Y los bancos, las empresas y las personas no sólo necesitamos solvencia económica, sino también solvencia moral, aspectos que poco figuran en los libros contables.

4. Responsabilidad con la sociedad: las empresas deben preguntarse de manera cotidiana cómo se conectan con la sociedad. Cómo le responden, cuál es su rol frente a su comunidad. De verdad, ¿somos responsables?

5. Regulación: Es uno de los elementos que más incide en el desarrollo de una empresa, para bien o para mal. Siempre debemos estar atentos a la forma en que se gestan las normas, su motivación, su impacto y su razón de ser. Porque si bien es cierto que en muchas ocasiones las reglas permiten el crecimiento, ayudan a la innovación y estimulan el progreso, en otros momentos pueden tener efectos nocivos cuando, más que responder al bien común, se comprometen con lo particular, solucionando asuntos coyunturales, no tienen en cuenta los posibles impactos superiores, impiden el crecimiento, desconocen los derechos adquiridos, atentan contra un sector económico o de la población, o se usan para ganar votos distorsionando así el mercado y la economía. Y aquí es donde es importante siempre participar y ayudar a construir el mejor escenario regulatorio posible que satisfaga las necesidades sociales y económicas, porque cuando la regulación es mal usada los efectos en el corto y en el largo plazo son perversos.

* Este es uno de los capítulos del libro “Por otro camino”.

 

Fuente: http://www.elespectador.com/economia/la-economia-de-la-empatia-articulo-691622
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…es momento de abandonar este provincianismo…donde sólo confías en el subgrupo donde naciste.

Manhattan vs. Sanhattan. ¿A qué colegio fuiste?

Hace exactamente tres años estaba en Manhattan. Era una fría mañana en Nueva York, pero tuve dinámicas entrevistas de pega en el área de Estudios para América Latina y Commodities de un banco de inversión. Primero me preguntaron sobre los bonos de Hugo Chávez, luego por reglas fiscales; además del impacto del boom de la soya y del cobre en la inflación. Al final me fue bastante bien, aunque después me decidí por una oferta académica.

Semanas antes de eso estuve en Sanhattan –lo que sería la “réplica” de Manhattan en Chile- también para un puesto similar, pero en un banco de inversión local. Después de llegar donde el glamoroso head hunter y aceptar un cafecito, éste empezó rompiendo el hielo: ¿Hola, a qué colegio fuiste?Yo ilusamente pensaba que con una década de experiencia profesional y un PhD de Harvard el colegio no le preocuparía; pero sí le importaba. Luego siguió: ¿Qué hacen tus papás? Lo bonito era que la entrevista ya no se perdía en cosas de segundo orden, sino que iba directo al grano: mi cuna. La tercera pregunta complementaba lo anterior ¿Qué hacen tus hermanos? , y para rematar me piden que comente el número de hijos que tengo, todo con un tono que insinuaba si posiblemente pertenecía a alguna subtendencia religiosa. Y ojo que este no era un trabajo para el área comercial, donde por la naturaleza quizás alguien necesite codearse con los ex compañeros de colegio de Eyzaguirre. El trabajo, por ejemplo, era intentar achuntarle a la inflación. Para eso puedo ser bueno o malo, pero no es por mi colegio.

Hacia el final de la entrevista me contó que había otro trabajo; al cual lamentablemente no me podía postular porque mi cartón en Chile no decía “Ingeniero Comercial o Civil”. Valga mencionar que en Chile el Presidente de la República; el Ministro de Hacienda y el Presidente del Banco Central obtuvieron doctorados en el mismo departamento que yo. Más aún, dos de los tres millonarios Forbes chilenos que no heredaron fortuna habían hecho un posgrado similar al mío; pero eso no importaba tanto como mi elección a los 18 años o la de mis padres a los cinco. Y mi entrevista no fue una excepción, pues amigos que volvieron del MIT han recibido preguntas similares. También hace unas semanas Eduardo Engel nos contó en La Tercera sobre el trabajo de Zimmerman, quien midió que entrar a una Universidad top efectivamente te ayuda a ser ejecutivo de elite en Chile, pero sólo si fuiste al colegio “correcto”.

Sin rodeos, si quieres que tu empresa crezca es momento de abandonar este provincianismo; o lo que Banfield denomina “familismo amoral”, donde sólo confías en el subgrupo donde naciste. Hay que enfocar las entrevistas de selección en cosas que determinen la productividad, pues si las empresas no tienen los gerentes que corresponden, entonces no sólo los dueños pierden plata, sino que también hay una externalidad pecuniaria: los sueldos de todos los trabajadores dependen de que tengamos firmas mejor manejadas. Además, a nuestro mundo corporativo le faltan ejemplos de movilidad social, le faltan más mujeres y le faltan historias de vida que hagan un poco más digerible el capitalismo. Como los techos de vidrio no son la manera de avanzar, algunos académicos de Economía y Negocios de la U. de Chile pondremos un granito de arena. A partir de marzo haremos una lista voluntaria; donde las empresas y los head hunters podrán adherir a algunas buenas prácticas de selección de personal; similares a las usadas en Manhattan, no a las de algunos en Sanhattan. Tú decides qué tipo de empresa quieres.

Fuente: http://focoeconomico.org/2014/02/13/manhattan-vs-sanhattan-a-que-colegio-fuiste/

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Rodrigo Wagner y su cruda radiografía de la economía chilena: “Hace 150 años teníamos el 50% del PIB de Australia y seguimos igual”

Rodrigo Wagner y su cruda radiografía de la economía chilena: “Hace 150 años teníamos el 50% del PIB de Australia y seguimos igual”

”Chile fue un país exitoso en construir un Estado, pero no hemos sido tan eficientes en construir una nación”. En entrevista con ‘La Mesa’, el economista de Harvard y académico de la U. de Chile es escéptico sobre el impacto que tendrán las actuales reformas. Estima que las de los últimos 30 años han sido buenas, pero que eso nos pone al nivel que nos “corresponde, que es la mitad de los australianos. Si queremos avanzar más allá, tenemos que hacer otras cosas”, precisa.

Tiene un doctorado en Harvard, enseña en la Universidad de Chile y es experto en productividad y emprendimiento.

Rodrigo Wagner tiene opiniones fuertes acerca de cuáles son los desafíos de la economía chilena. Estima que hemos creado un mito acerca de que estamos a las puertas del desarrollo, es escéptico acerca del impacto que tendrán las actuales reformas y opina que, frente a la oficina de la Presidenta, debería haber “un asesor top que trabaje temas de productividad a largo plazo”.

El economista hizo ruido hace un par de años con una controvertida columna en La Tercera, “Manhattan vs. Sanhattan. ¿A qué colegio fuiste?”, en que cuenta su experiencia personal de una entrevista laboral con un banco de inversión en Wall Street y la que tuvo a su vez en Chile con un banco local.

La usó para mostrar el provincialismo que aún prevalece en las elites locales y como ejemplo de los cuellos de botella que bloquean nuestro desarrollo.

En una extensa entrevista en ‘La Mesa’ de El Mostrador Mercados, Wagner opina que el boom de los últimos 15 años se debe principalmente al cobre y que los problemas que enfrentamos ahora se deben en gran parte al desplome de la inversión relacionada con la minería y no necesariamente con la llegada de Michelle Bachelet a La Moneda.

“Parte del crecimiento que tuvimos desde el 2010 hasta el 2013 se explica por lo siguiente: el precio del cobre está más alto, entonces somos más ricos, corre más plata en la economía, y eso se agrega en todos los sectores, no tan solo en minería, también en servicios, etcétera, pero que no era sostenible en el tiempo”.

Agrega que “los proyectos estaban ahí porque subió el precio, y eso se iba a acabar a lo mejor no el 2013, pero sí el 2015 o 2016, o tal vez el 2017, pero lo que pasó es que el precio del cobre bajó antes. Para tener en consideración, ¿cuándo hay un ajuste mayúsculo de la bolsa chilena? Es en enero o febrero de 2013, y alguna gente dice que fue el aterrizaje de Michelle Bachelet, pero si miras la bolsa de Perú, tiene un ajuste enorme exactamente en la misma fecha, y sin la visita de ninguna candidata chilena, y obviamente es porque ambos países están súper expuestos al ciclo minero, que ya ajustó sus expectativas de largo plazo en ese periodo. Ese es como el fenómeno de coyuntura de primer orden”.

Dice, asimismo, que las reformas y el progreso asociado en los últimos 30 años han sido positivos, pero que no han cambiado de manera radical lo que ha sido históricamente la economía chilena.

“Hace 150 años teníamos más o menos el 50% del PIB per cápita de los australianos, que es un país más o menos como nosotros”, pero afirma que “en términos gruesos, esto no ha cambiado mucho. No es que las reformas no hayan funcionado. Yo creo que las reformas de los últimos 30 años son buena ideas. Pero eso nos pone al nivel que nos ‘corresponde’, que es la mitad de los australianos. Si queremos avanzar más allá, tenemos que hacer otras cosas”.

Explica que “si tú tienes un experimento medio marxista y de capitalismo de vuelta, y con crisis económicas brutales sin cierto control básico, lo que tú tienes es que la gente no invierte en largo plazo. Pero ahora ya se solucionaron las tonteras tanto macro como micro que hicimos en la historia, y convergimos a lo que siempre debimos haber tenido, que es el 50% del ingreso de Australia, y hasta ahí nos alcanza. No hacer estupideces económicas es tremendamente importante para crecer, pero eso nos sirve a nosotros para llegar al 50% de Australia. Cuando hacemos tonteras estamos por debajo del 50% de Australia”.

El economista sostiene que la idea de que tenemos la capacidad de crecer regularmente a 5% es una falacia que no corresponde a la capacidad de una economía como la chilena.

“Había estimaciones hechas por colegas, todos respetables, pero que yo hasta cierto punto no entendía. Uno era hasta ahora del Comité de Hacienda, que es un comité abierto, no tan solo de Hacienda, pero estaba esta idea de que nosotros íbamos a crecer permanentemente al 5% como crecimiento potencial. Y en las perspectivas de crecimiento del Banco Central, hasta hace poquitos meses, eran como de 4,5%, estaban escritas ahí como en mármol, y era casi como de mal gusto decir que era menos, porque veníamos del 7% de los años 90, mira ahora cómo vamos a llegar a menos que eso. Pero la verdad es que si uno mira la experiencia comparada, hay cosas que no calzaban por ningún lado”.

Dice que los países del ingreso per cápita de Chile crecen 3% o 3,5% en promedio, “y hay un segundo efecto que no estaba en las proyecciones, que es que en general, cuando las miras a 5 u 8 años, si ahora tú las ves en cinco, en 5 años más, es como medio punto menos, porque los países más ricos crecen más lentos, esa es casi una ley de la macroeconomía, que se llama convergencia, y eso no estaba en la predicciones de crecimiento”.

Wagner señala que no todo el mundo puede pretender ser Corea, “sobre todo si no tenemos una estructura productiva ni una educación que nos permita compararnos a Corea. No podemos tener estas tasas de crecimiento por tanto tiempo y tan largas. Lo que hemos tenido es un boom de inversión, postcrisis del 82, un boom de inversión en los 90, un boom de inversión en cobre, sobre todo en 2010 y 2013, pero es eso”.

Y acto seguido, da como ejemplo la expansión del acceso a la educación secundaria o terciaria de los últimos 30 años. “Nosotros sistemáticamente en los últimos 40 años, según las bases de datos, nuestra fuerza de trabajo tiene más años de educación terciaria por ejemplo que Italia, pero Italia sigue produciendo mucho mejor que nosotros, y no estamos hablando de economías del norte. No, estamos hablando de Italia”.

“Yo creo que hasta cierto punto la educación puede ser algo que iguale las cosas, pero la educación no es sólo un problema financiero. En Chile nos acostumbramos a que en Chile uno paga y alguien aparece y te vende mejor educación. No es fácil armar un sistema de educación de calidad. Los países que construyeron grandes sistemas de calidad en su educación, no estaban tanto pensando en productividad. La evolución de los grandes sistemas de educación en Alemania o en Italia eran parte de construir una nación, porque antes los tipos decían que construir una nación que hablara el mismo idioma te ayudaba esencialmente a ganar guerras, o cosas así”, agrega.

Falta de visión país

Wagner afirma que a través de la historia no hemos tenido visión de país como sí ha sucedido en los países que efectivamente llegaron al desarrollo. “Chile fue un país exitoso en construir un Estado, pero no hemos sido tan eficientes en construir una nación. Y yo creo que parte de eso nos pasó la cuenta en calidad de educación. Entonces, la educación era una cosa periférica que no era tan central para el rol del Estado”.

Explica que es partidario de pensar políticas públicas que puedan mover la aguja: “Aquí nadie sabe cómo hacer un país que crece porque, si no, estaría haciendo la consultoría directamente o comprando acciones de esas cosas. Pero sí hay ciertas estrategias para buscarlo. Yo creo que es razonable pensar que en países más aislados de los mercados globales hay ciertas fallas de mercado en descubrir nuevos sectores. Yo creo que uno puede pensar en maneras un poquito más creativas de cómo organizar nuevas industrias que antes no existían”.

El economista estima que es urgente meter el tema de la productividad en La Moneda. “Frente a la oficina de la Presidenta debería haber un asesor top que trabaje temas de productividad a largo plazo. Así funciona en todos lados”, asegura.

“Hubo un programa hace algunos años, de atracción de inversiones que tuvo Corfo, que se llamaba InvestChile. No era muy grande y para mi gusto tenía inversiones tecnológicas, pero a mí me gustaría también que trajeran inversiones que son más intensivas en empleo digamos menos calificado, porque mucha gente necesita una pega en una empresa que funcione. El Estado de Bienestar no se construye con Pymes de 10 personas, sino con empresas grandes que le dan empleo a la gente”, detalla.

Y luego concluye: “Parte del problema de la Reforma Laboral es que asume que nosotros tenemos una estructura productiva y que todos trabajamos en empresas grandes. Gran parte de la desigualdad en Chile viene porque hay gente en autoempleo, en empresas muy chicas o poco productivas”.

Fuente: http://www.elmostrador.cl/mercados/2015/09/28/rodrigo-wagner-y-su-cruda-radiografia-de-la-economia-chilena-hace-150-anos-teniamos-el-50-del-pib-de-australia-y-seguimos-igual/